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El Samuín: Una tradición con toque cántabro

domingo 31 octubre 2021

Hoy, 31 de octubre se celebra una de las noches más populares y escalofriantes del año que, como algunos sabrán, forma parte del tradicional folclore cántabro, influenciado por regiones del Arco Atlántico Europeo (principalmente Irlanda, Escocia, Galicia, Cantabria, Asturias y Bretaña) y que se ha mantenido durante siglos: El Samuín.

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Esta tradición de origen celta celebrada la noche del 31 de octubre al 1 de noviembre, cuenta con más de 2.500 años de antigüedad, y nace de la recogida de la cosecha previa al invierno, a la cual se le rendían las gracias. El Samuín, Samhain en gaélico, significa “fin de verano”, por lo que esta celebración fue considerada el "Año Nuevo Celta", ya que significaba el fin de la cosecha y el comienzo de la estación oscura. Se creía que cuando los días se acortaban y las noches se alargaban, los espíritus salían de los cementerios para apoderarse de los cuerpos de los vivos y así, resucitar. Para ahuyentarlos, se encendían hogueras, se disfrazaban con máscaras, dejaban comida afuera y decoraban sus casas con elementos de aspecto espeluznante. La celebración fue tomada por el cristianismo, convirtiéndola así en el “Día de Todos los Santos” celebrada el día 1 de noviembre de manera universal desde el siglo IX.

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Foto: Turismo de Cantabria

Esta fiesta fue exportada a los Estados Unidos por emigrantes europeos a mediados del siglo XIX. Los norteamericanos lo llamaron Halloween, que es una derivación de la expresión inglesa All Halloow´s Eve (Víspera del Día de Todos los Santos). En la actualidad, el día de Halloween es una fiesta de reconocida popularidad, sobre todo por la difusión en los medios de comunicación y el cine comercial norteamericano que lo ha dado a conocer.

La celebración de esta festividad se está recuperando en varias comarcas de Cantabria, llamada también la “Nochi los Dijuntos” y se lleva a cabo junto a los personajes tradicionales celtas asociados a este evento y a nuestra tierra, como "La Guajona", un ser mitológico que entraba en las casas donde vivían los niños y jóvenes sanos, a quienes les clavaba su único diente, negro, afilado y largo, mientras éstos dormían para chuparles la sangre y dejarles débiles y descoloridos.

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La Guajona. Foto: Turismo de Cantabria

El "Desfile de la Güeste", una de las principales representaciones de esta celebración, donde un cortejo de almas en pena deambula por las calles portando huesos encendidos a modo de cirios y cubiertos con una mortaja, a los cuales, si se les miraba, se pasaba a formar parte de la procesión. Esta procesión partía de los cementerios y visitaban a aquellos que estuvieran a punto de morir, entre tétricos lamentos y sollozos entonando una fúnebre monserga.

Otra tradición de esta festividad es el vaciado y tallado de nabos o calabazas del tipo “verrugona”, sobre las que se tallaba calaveras simulando el aspecto del espíritu del fallecido y se les colocaba una vela encendida en su interior; cuando la vela se apagaba, se decía que el espíritu errante había cruzado al otro lado. Estas calabazas se colocaban en cementerios, en los huertos, en los cruces de caminos, además de en el exterior de las casas. También se realizaban pasacalles con las más pequeñas a las que se les clavaba un palo en la parte inferior e iban cubiertos con sábanas y acompañadas de carracas.

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Foto: Fundación Camino Lebaniego

Los Conjuros son otra práctica tradicional, que consistía en el encendido de hogueras para apaciguar a los fantasmas, demonios y malos espíritus que eran convocados para reunirse y visitar sus antiguos hogares.

Por otro lado, el Sol de los Muertos era la última luz del sol de la tarde que enviaban los difuntos y a la cual se rezaba una oración mirando hacia el ocaso, honrándole con una fiesta anual en un santucu. También recibe este nombre el sol que se surge entre la llovizna, asegurando que esa agua no moja, y es entonces cuando los muertos vuelven a la vida.

Además de estos típicos usos propios del Samuín, también se le une otra celebración bien conocida en la estación otoñal: La Magosta. La castaña era el alimento protagonista de la Noche de Difuntos, limitando la cantidad de castañas que se podía comer durante esa noche a la misma cantidad de almas que se quería liberar del purgatorio. Estas se asaban, se acompañaban de un buen vino y se contaban historias de miedo al calor de la hoguera.

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Foto: Fundación Camino Lebaniego

Como ves, tanto la fiesta de Samuín como la de Halloween conocida hoy en día guardan similitudes, aunque con diferentes personajes, tradiciones y orígenes. Esta celebración es una buena ocasión para reconocer y poner en valor las antiguas costumbres y festejos que enriquecen nuestra cultura, transmitida de generación en generación a través de la tradición oral y le suman importancia a una tierra llena de historia.

Artículo: Fundación Camino Lebaniego/ Sandra Jiménez

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